lunes, 29 de abril de 2019

No es esto, Santidad

Vaya por delante que, de los obispos de Roma que han ocupado la cátedra de Pedro durante mi vida, el actual es el que menos me gusta de todos. Para mí, el Papa por antonomasia siempre será, salvo que cambien las cosas –y soy animal de costumbres-, san Juan Pablo II (al fin y al cabo, fue papa durante gran parte de mi vida; más de la mitad, de momento y todavía durante algunos años más). Pero, como dice el adagio castellano, el hombre propone y Dios dispone, y el altísimo ha dispuesto que un jesuita argentino ocupe el solio pontificio, y los católicos debemos aceptarlo.
Probablemente sea debido a esta (llamémosle así) antipatía el que sea fácil que le vea el lado malo (por así decir) a algunos actos papales (el sesgo de confirmación, ya se sabe). Por ejemplo, hace un mes, en una audiencia, algunos fieles quisieron besar el anillo pontificio, y Francisco retiró la mano. Antes de que nadie diera ninguna explicación –tardaron dos días-, algunos –los panegiristas pontificios, supongo- adujeron como posible causa la tan repetida humildad del nacido Jorge Bergoglio.
Como digo, dos días después el Vaticano dio una explicación, que resultó ser mucho más mundana y menos espiritualmente edificante que la señalada: los manotazos del papa Francisco se debieron, dijeron que dijo, a que cuando hay un grupo de gente muy numeroso al que tiene que saludar en un mismo lugar prefiere, por precaución,que no besen el anillo papal para evitar la difusión de gérmenes.
Sabiendo que iban a querer besarle el anillo, podría haberlo avisado antes. Para la próxima vez, ya lo sabemos.
¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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