martes, 16 de abril de 2019

Un respeto para los animales

El hombre es un animal de extremos. Y cuanto menos cerebro, más extremado. Claro, que aquellos a los que yo considero descerebrados probablemente me consideren un monstruo sin sentimientos, o lindeza semejante.
Viene todo esto por los desvaríos (desde mi punto de vista) que los grupos animalistas (animatontos sería más ajustado… creo que desde ahora voy a usar ese palabro) perpetraron el mes pasado. Para empezar, el llamado feminismo animalista pidió que todas las hembras de todas las especies sean consideradas iguales a los humanos. Pasando por alto el dislate –una lombriz (ignoro si hay dos sexos en los anélidos, pero para el ejemplo me vale) no es igual a un ser humano (un ser humano normal, se entiende), por mucho que se empeñen los animatontos (¿veis? Ya empiezo a darle uso al vocablo… y ya paro de paréntesis)-, como no he leído el artículo, ignoro si en esa equiparación incluyen también a todos los machos o no; pero me atrevería a aventurar que no, porque el hembrismo animatonto es capaz de considerar a toros, machos cabríos y hasta lombrizos como adalides del heteropatriarcado más rancio y retrógrado.
Luego saltó a la palestra ese partido con nombre de videojuego inacabado, abogando por la defensa de las vacas violadas. Sí, tal como suena. Debe ser –otro artículo que no he leído- que, como son obligadas a procrear –iba a poner en contra de su voluntad, pero ya no sé si los cococomidos estos atribuyen también voluntad a los animales-, las consideran violadas.
Pienso que entre el hombre como rey de la creación, que puede usar y abusar de la misma, y estas posturas ha de haber un término medio. Porque yo, lo que es a las hamburguesas (las de carne carne, no las pseudohamburguesas veganas), no pienso renunciar…
¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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