Esta entrada es la versión pedestre y nada filosófica de la llamada apuesta de Pascal. Naturalmente, sabía de su existencia antes de que se me ocurriera el tema para esta reflexión, aunque el desarrollo es independiente e, indudablemente, más modesto.
De acuerdo con Wikipedia, el argumento
plantea que, aunque no se conoce de modo seguro si Dios existe, lo racional es
apostar que sí existe: la razón es que, aun cuando la probabilidad de la
existencia de Dios fuera extremadamente pequeña, tal pequeñez sería compensada
por la gran ganancia que se obtendría, o sea, la gloria eterna.
Si Dios y la vida eterna existen, yo tengo
razón (aunque, como suelo añadir, mitad en broma mitad en serio, cuando llegue
el día del Juicio Final el Señor, en Su infinita misericordia, estará dispuesto
a perdonarme... y yo, incapaz de mantener la boca cerrada, lo fastidiaré). Si
no, nadie podrá a echármelo en cara.
Es decir: si gano, gano; y si pierdo, nadie lo va a saber.

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