Decía Einstein que hay dos cosas infinitas, el Universo y la estupidez humana, pero que sobre el Universo no estaba del todo seguro.
La estupidez humana, en cambio, es ilimitada.
Si, además, está impulsada por la giliprogrez, la cosa adquiere ya
matices inconmesurables. Es el caso del llamado lenguaje inclusivo (en
realidad, excluyente, ya que el masculino genérico sí que es verdaderamente
inclusivo), que ha proporcionado escenas inefables.
Así, tenemos a los jóvenes y las jóvenas de
Carmen Romero; a los miembros y las miembras de Bibiana Aído; a los
niños, las niñas y los niñes de la marquesa de Villa Tinaja; a la
matria de la tucán de Fene; a las familias monomarentales de las
hordas de izquierdas; y, hace poco, a las atletas y los atletos de una
reportera de Radio Televisión Española hace un par de semanas.
Por favor, que venga el meteorito ya.

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