Cuando eres niño, ves las cosas de una manera. Pero si, andando los años, no lo superas, tienes un problema.
En el grupo de Facebook de alumnos de mi
colegio había un sujeto, algunos años más joven que yo, que publicaba incesantemente
entradas en las que despotricaba contra todo: los profesores, los curas (era y
es un colegio religioso), los alumnos, el vecindario… Habían pasado más de
cuarenta años, y el tío seguía dale que te pego, inasequible al desaliento e
inmune a las ironías. Como le escribí en su momento, había dos opciones, si lo
que contaba era cierto: o lo superaba de una condenada vez, o se iba al psicólogo,
porque le hacía falta.
Tomemos mi caso particular. En el colegio era
bueno académicamente, salvo en gimnasia. Tampoco era de los más altos de la
clase (más bien, de los más bajos, aunque también de los más pequeños). Alguna burla
hubo a mi costa, pero eso no me causó ningún trauma (creo). Quizá tenía (y
tengo) un concepto bastante claro de mí mismo (no digo que sea ajustado a la
realidad, sólo digo que lo tengo).
Y, sobre todo, medio siglo después de empezar
la EGB mantengo el contacto con los amigos que hice allí… e incluso me llevo
bien con la gente con la que me llevaba mal (o que me caía mal, por ser más
precisos).
Por otra parte, quizá debería tener cuidado con lo que escribo, porque ahora hay personas que leen este blog y me conocieron en aquella época, y quizá mi recuerdo esté mediatizado por mi visión personal.
Porque la vida, sobre todo, te da perspectiva
y capacidad de relativizar.

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