Uno sólo debe pedir disculpas si se dan dos circunstancias. Ojo, que digo debe; uno puede pedir disculpas sin tener que hacerlo, por hipocresía, por quedar bien...
La primera es considerar que has hecho algo
mal, algo incorrecto. La segunda, pensar que has molestado a alguien. Deben coincidir
ambas circunstancias, no basta con una sola.
¿Tengo que pedir disculpas si me como un
bocadillo de ibérico (da lo mismo que sea jamón, chorizo o lomo) delante de un
musulmán? No si estoy en España. Es mi país, son nuestras costumbres y, si va
contra sus principios religiosos, nadie le obliga a preocuparse por la
salvación de mi alma.
¿Tengo que pedir disculpas si avanzo
culebreando por la calle, adelantando a la gente y haciendo que se aparten?
Indudablemente, aunque la molestia que les cause sea mínima.
¿Debía pedir Rosalía perdón a los argentinos
por compartir un video donde celebraba la victoria de España en la final del
campeonato del mundo de fútbol? Ni por lo más sagrado. Aunque los argentinos
hubieran sido un dechado de juego limpio, que no lo fueron, un español tiene
todo el derecho del mundo a celebrar el triunfo de nuestra selección, aunque
moleste a los del país cuya selección ha sido vencida.
El que lo haya hecho (probablemente) para que el concierto que iba a dar en Argentina poco después no viera su asistencia afectada sólo demuestra que es marxista, pero de los de Julius: si sus principios la van a perjudicar, tiene otros.

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