Este volumen es, en cierta manera, una continuación del anterior, al menos en lo que a dos de los personajes secundarios (Esteban Miranda y Flora Hawkes) se refiere.
Burroughs continúa mostrando a Tarzán como el
ápice de la plenitud física e intelectual humanas: no sólo aprende a pilotar un
avión, sino que en un breve lapso es capaz de aprender un idioma completamente nuevo
para él.
Y si en el anterior volumen me refería al
racismo de Burroughs, en éste toca hablar del machismo. En efecto, el autor
presenta una sociedad (primitiva) claramente ginocéntrica como algo anormal y
aberrante, algo que el hombre mono, sin pretenderlo, contribuye a cambiar. Tras
su paso, y al modo de las historietas, basta con que un varón atice un
cachiporrazo a una mujer para que éste le mire arrobada y quede poco menos que
prendada de él.
Por si todo lo anterior no fuera suficiente, la historia incluye un elemento de ciencia ficción, por el que no sólo aparecen humanos de apenas medio metro de altura, sino que el propio Tarzán es reducido a ese tamaño. Y no con pócimas, hechizos o rayos (mágicos o científicos), sino con poco menos que masajes en el cogote.

No hay comentarios:
Publicar un comentario