sábado, 29 de agosto de 2020

¡Chsssssst!

Los pijiprogres de todo pelaje y color proclaman el inalienable derecho de todos a la libertad de expresión. Siempre y cuando lo que se exprese, por supuesto, esté de acuerdo con sus postulados.
Con motivo de la muerte de George Floyd, todo acabó por los suelos, pero sobre todo dos cosas: las estatuas de cualquiera al que consideraran racista y las rodillas de los manifestantes. Pero cuando una persona -el pitcher de los Giants de San Francisco-, en uso de su libertad de opinión y ateniéndose a sus creencias (que sólo se arrodilla ante Dios, postura que no sólo respeto, sino que además comparto), se negó a hincar la rodilla mientras sonaban las notas del himno nacional estadounidense (ese que habla de la tierra de los libres), le cayó encima una retahíla de críticas y recriminaciones que no por previsibles (repasad la segunda frase del primer párrafo de esta entrada) resultan menos injustas.
Así que ya sabéis, niños: si no queréis que os señalen, no tengáis un criterio propio, y gritad siempre lo mismo que vociferen los energúmenos más estruendosos.

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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