Cuando el vicepresidente de William Clinton, Albert Gore -nunca me gustará esa manía de los políticos, especialmente estadounidenses, y especialmente demócratas, de andar por la vida pública con sus hipocorísticos-, perdió las elecciones presidenciales contra George Bush (hijo), se reinventó.
Pero no mucho. De ser un político, es decir,
un mentiroso profesional, pasó a ser conferenciante sobre el (presunto) cambio
climático y el (pretendido) calentamiento global. Es decir, un mentiroso
vocacional. O, al menos, un incoherente de manual -en ese rasgo, coincide con
los políticos-, ya que predicando contra el gasto energético vive en una
mansión que consumía tanta electricidad como una pequeña ciudad y acostumbra a
viajar en reactor privado. Incluso le dieron un Oscar por un documental sobre
el tema (me refiero a lo de clima, no a lo de su tren de vida), y hasta el
premio Nobel de la Paz (que ya sabemos lo que vale).
Ahora, veinte años después de sus predicciones apocalípticas, el Kilimanjaro sigue teniendo nieve, el Ártico
sigue teniendo hielo, Manhattan sigue sobre el nivel del mar, la Corriente del
Golfo sigue corriendo…
…y Albertito sigue cobrando ciento setenta y cinco mil dólares por sarta de ment… conferencia.

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