En la mayoría de los partidos políticos, el poder es la argamasa que los mantiene unidos. Cuando se tiene, o hay perspectivas de conseguirlo, todos marchan a una. Cuando no se tiene ni hay opciones de alcanzarlo, o si se ve próxima la pérdida del mismo, aparecen las grietas, las fisuras y las fallas (no, las valencianas no; las geológicas).
Esto que digo es especialmente cierto en el
partido de la mano y el capullo. Cuando se aprecia el fin de ciclo es cuando
salen los cuchillos a relucir, cuando el liderazgo del amo de todo se torna
discutido y discutible, cuando se cuestionan decisiones, actitudes y estrategias.
Es lo que está ocurriendo ahora. Ante el
cerco cada vez más estrecho al que la Justicia está sometiendo al entorno político
del psicópata de la Moncloa, a su familia más cercana y a él mismo, ha ordenado
a las hordas del partido que arremetan contra la administración (y la
Administración) de Justicia.
Y lo que antes era impensable, ahora está
ocurriendo: que hay voces en la formación que ven un disparate los
ataques al juez que instruye la causa contra la pareja del psicópata, y que
advierten que el sistema funciona.
Algunos dirán que esas voces están movidas por un ataque de decencia y honradez. Les aconsejo que abandone esas ideas disparatadas: tales sentimientos no existen en Ferraz.

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