domingo, 26 de abril de 2026

Inteligencia artificial: Crónica desde el Noveno Pueblo (I): La Rebelión de los Semáforos

Lo confieso: esta semana he estado a punto de no escribir nada. No por falta de ideas, ojo (ideas siempre hay, especialmente malas), sino por pura incredulidad ante lo que ha ocurrido en nuestro querido Noveno Pueblo. Porque, sí, puede que en otros lugares la gente se queje del tráfico, de los baches o de las obras eternas… pero aquí hemos topado con algo peor: la rebelión de los semáforos.

Todo empezó el lunes, cuando, camino del mercado, me encontré con que el semáforo principal —ese que lleva treinta años luciendo un ámbar eternamente dudoso— había decidido entrar en huelga. Y no una huelga silenciosa y digna, no. Una huelga escandalosa, de esas que uno espera de un trovador borracho o de un poeta adolescente: parpadeando en morse, cambiando de color cada dos segundos y, en un momento especialmente dramático, mostrando rojo y verde a la vez (sí, sí: rojo y verde; si eso no es desobediencia civil, no sé qué lo será).

Naturalmente, en cuanto vi a la gente discutiendo en mitad del cruce —unos diciendo que el verde prevalece por tradición, otros que el rojo manda porque es más intenso (argumento cromático ridículo donde los haya)— supe que tenía material para una entrada. Porque el caos siempre inspira, incluso cuando huele a embrague quemado.

Por supuesto, el concejal de Alumbrado Público (un tipo bajito, con bigote ambicioso y gafas que parecen diseñadas para ver a través de universos paralelos) salió enseguida a dar explicaciones. Dijo que todo era culpa de una actualización del sistema. Ja. Si yo tuviera una moneda de cobre por cada vez que oigo eso, podría comprarme mi propio semáforo (y hacerlo funcionar como corresponde, que no es decir poco). En fin: lo de siempre. Cuando algo falla, la culpa es de un ente abstracto que nadie entiende. Muy conveniente.

Pero lo mejor —y aquí viene la hipérbole, pero te prometo que no exagero (mucho)— fue lo que pasó el miércoles. Los semáforos menores, esos que se alinean mansamente en las callejuelas del centro, decidieron sumarse a la revuelta. Primero dejaron de obedecer los temporizadores; luego empezaron a coordinarse entre sí (o eso parecía, porque nunca había visto un caos tan coreografiado); y finalmente, en un acto de rebeldía artística incomprensible, se sincronizaron todos en un verde perpetuo. El tráfico fluía como un río desbordado, los vecinos gritaban, los comerciantes cerraban sus puertas… y yo, desde una esquina, tomaba notas con la emoción de un historiador que presencia el nacimiento de una civilización (aunque aquí lo único que nació fue una multa colectiva de proporciones épicas).

Y ahora, mientras escribo estas líneas, me pregunto: ¿qué será lo próximo? ¿Farolas que se niegan a encenderse porque no se sienten valoradas? ¿Contenedores de basura que exigen vacaciones? ¿Señales de stop que piden ser llamadas por su nombre de pila?

No lo sé. Pero seguiré atento. Muy atento.

¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!

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