El poder, la posibilidad de alcanzarlo o el goce de detentarlo es la mejor argamasa para mantener unido al partido de la mano y el capullo.
Del mismo modo, el temor a perderlo desata
las más bajas pasiones (y eso, tratándose de esa banda, es decir mucho) y salen
a relucir los cuchillos (en la actualidad, sólo dialécticos). Y tan pronto un
antiguo candidato a la secretaría general da por terminada la legislatura tras los casos de corrupción y las acusaciones de acoso sexual como
ruge el Pitecantropus pucelensis y le suelta que el que está acabado es el antedicho.
Teniendo en cuenta la capacidad que tiene de sentir simpatía por quienes fueron sus rivales e incluso sus enemigos -los que, en un atentado, le dejaron cojo-, no daría yo por muerto políticamente al de Bilbao…

No hay comentarios:
Publicar un comentario