Como he señalado muchas veces, lo único en lo que este partido de la mano y el capullo es distinto del otro partido de la mano y el capullo (siendo el primero el actual y el segundo el de hace cuarenta años) es la desvergüenza con la que se hacen las cosas.
Porque, no nos engañemos, hace cuarenta años
ya se pactaba con los separatistas. Hace cuarenta años ya se hablaba con los
terroristas. Hace cuarenta años ya se daban pelotazos aprovechando los cargos
públicos. Hace cuarenta años ya se rompía con la separación de poderes. Hace cuarenta
años ya se politizaba la justicia. Hace cuarenta años ya se colocaba a amigos o
afines en puestos clave de la Administración.
Pero hace cuarenta años, el gobierno no
estudiaba un indulto parcial de un fiscal general del Estado condenado para evitar su expulsión de la carrera fiscal. Quizá era que no se atrevían a tanto. Quizá era,
simplemente, que los fiscales generales del Estado no eran siquiera imputados por delitos que supusieran tal condena.
Y si se pensaba en tal cosa, se hacía con discreción.

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