Leyendo los dos volúmenes (españoles) de esta segunda novela de la saga de La espada de la verdad, me vino a la mente una comparación. Esta saga sería a obras mayores como Canción de hielo y fuego o el legendarium de J. R. R. Tolkien como Santa Bárbara a Dinastía o Dallas.
Probablemente, la comparación es injusta para
Goodkind. Mientras que en el culebrón que era el favorito del matrimonio Reagan
-como, por otra parte, en sus hermanos mayores- parecían funcionar a ritmo
de improvisación y golpes de efecto, es probable que Goodkind tuviera bastante
planeado desde el principio la trama general de su historia.
Lo que sí hace es alargar las cosas siendo
prolijo hasta el extremo. Como le dije a mi hermano, unas mil doscientas
páginas hasta ahora y los hobbits todavía no han llegado a Rivendel. Han pasado
cosas, claro que sí, y hay sorpresas por doquier: supuestos aliados que se
revelan enemigos, pérdidas de memoria, salvaciones en el último minuto e
incluso muertes aparentes (y hasta aquí puedo leer, por si alguien lee estas
entradas, no ha leído la saga y se le despierta el gusanillo).
Todo ello aderezado de violencia, sexo -no
demasiado explícito, pero más cerca de Martin que de Tolkien- y, como mencioné
en el primer volumen, una verborrea apabullante: nunca un sustantivo sin su
adjetivo… uno, o varios.

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