Recién comenzado el año -nunca le agradeceré lo bastante que esperara a que dieran las campanadas, o un servidor habría tenido una cena de Nochevieja bastante incómoda, por la compañía-, Trump envió a un equipo de operaciones especiales a Venezuela, para sacar de allí al conductor de autobús devenido dictador y a su mujer y llevarlos a territorio estadounidense.
Las reacciones fueron variadas, y bastante expresivas
de la catadura moral de cada uno. Así, el psicópata de la Moncloa se dirigió a
sus mil y un tontos, afirmando que permanecía en su puesto por su responsabilidad
global como líder del mundo progresista, al tiempo que condenaba con
rotundidad la actuación estadounidense. Como señaló su némesis, Isabel
Díaz-Ayuso, eligió comunismo.
El secretario general del PP, en cambio, aplaudió sin ambigüedades la
operación e ironizó suponiendo que los últimos días estaban siendo difíciles
para Rodríguez… de lo cual se alegraba.
Los neocom intentaron resucitar el no a la guerra, mientras que Juanita Petarda tenía el cuajo de exigir (otra que se cree mierda y no llega a pedo) a Sin Vocales la salidade la OTAN.
Y, puestos a dar ideas, el presidente de Ucrania indicó a Trump que sabía qué era lo próximo que había que hacer.
Eso lo veo un poco más complicado...

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