Mientras que la izquierda se cree siempre en posesión de la verdad, la derecha sabe que tiene razón. Probablemente por eso, la derecha suele callar -lo cual constituye un error, porque la izquierda asume el silencio como aceptación-, mientras que la izquierda acostumbra a pontificar, generalmente en voz muy alta.
Realmente, esta reflexión podría terminarse aquí
mismo, porque cualquier cosa que siga será abundar sobre la materia. Conozco pluralidad
de casos, tanto en los políticos como entre mis conocidos, que ilustran lo que he
señalado en el primer párrafo.
Los políticos de izquierdas son bastante
gritones, tanto ellos como ellas. Si a eso le sumamos que su formación
académica ha sido generalmente mejorable -no les estoy llamando estúpidos, sino
vagos-, su discurso resulta difícilmente inteligible y de imposible digestión.
Los sujetos de a pie que son de izquierdas no
razonan, sino que se limitan a soltarte dogmas uno detrás de otro como si fueran
una ametralladora. Lo más divertido, en realidad, es cuando intentan
fundamentar sus afirmaciones, porque esos fundamentos resultan ridículos,
cambiantes y, en general, circulares, en el sentido de que acaban volviendo a
decir aquello que rechazaron.
Y si les llevas la contraria te llaman facha,
retrógrado, machista, cavernario y todas esas lindezas que, en labios de
un progre, constituyen el más alto galardón al que podemos aspirar aquellos que
nos declaramos de derechas.
Porque, aunque no se den cuenta y nunca vayan
a admitirlo, nos están dando la razón.

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