Mientras gobernó España, mi gran duda en relación con el zircunflejo era si las cosas que hacía era por estupidez o por maldad. Es decir, nunca tuve claro si era más malo que tonto, o al revés.
Hoy, década y media después de que abandonara
el poder, lo tengo claro. Sin considerarle un sujeto especialmente brillante, estoy
convencido de que es malo. No llega al nivel de psicopatía que alcanza el actual
presidente del desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer,
pero por ahí le anda y, desde luego, es alguien completamente ayuno de
escrúpulos.
Sólo alguien malo reabriría las heridas de la
guerra civil, cerradas por la buena voluntad de unos y de otros (más de unos
que de otros) treinta años antes. Sólo alguien malo se aliaría con todos los
enemigos internos de la Patria, de los terroristas de ultraizquierda a los
secesionistas de ultraderecha. Sólo alguien malo diría que el concepto de
nación es algo discutido y discutible. Sólo alguien malo nos alienaría
de nuestros aliados naturales para irse a reírle las gracias a quienes son
enemigos de la civilización en general y de la occidental en particular.
Sólo alguien (presuntamente) malo se vería arrinconado por la Unidad Central Operativa, la administración norteamericana y las informaciones periodísticas. Sólo alguien malo (y bastante tonto) se reuniría
-sin ser nada más que un jarrón chino- con la Sociedad Estatal de
Participaciones Industriales y Escrivá durante el rescate de Plus Ultra… a
propósito de lo cuál, ¿qué carajo pintaba en semejante reunión el ministro de
Seguridad Social, Inclusión y Migraciones?
Y sólo alguien malo -y rematadamente tonto,
porque sólo a un tonto se le ocurre que semejante trola va a colar- se le
ocurriría tildar de calumnioso el chivatazo sobre sus actividades y
reducir su cita secreta a una rutina de amigos.
De compinches, diría yo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario