Cuando nació, la Comunidad Económica Europea, o Mercado Común Europeo, aspiraba a ser una organización que -además de intentar preservar la paz en Europa, destrozada después de siglos de enfrentamientos (básicamente) francoalemanes- facilitara el comercio entre sus miembros, eliminando las barreras fronterizas.
Sólo treinta años después, ya en los años
ochenta, recuerdo que se criticaba -y no sólo por Margaret Thatcher, enemiga
acérrima de todo lo que amenazara el British way of life- la creciente
burocratización de Bruselas (valga la metonimia), personificada en el entonces
presidente de la Comisión, el francés Jacques Delors.
Con el avance hacia una integración política,
las cosas empeoraron. Más normas, más leyes, más trámites, más trabas. Más de
todo, menos libertad de comercio.
Y ahora es cuando en Bruselas parecen haberse
dado cuenta de la situación, y empiezan a desmontar el andamiaje intervencionista de la alemana (aunque nacida en Bruselas, manda narices) Úrsula
von der Leyen. No se derrumba de golpe, pero entra en una fase de erosión
constante: normas que se diluyen, calendarios que se posponen y exigencias que
se reinterpretan a la baja.
Bienvenido sea ese desmontaje.

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