Este tercer volumen (americano; quinto y sexto españoles) de La espada de la verdad presenta a un nuevo enemigo; alguien que, si bien no es mago, tiene ciertas habilidades paranormales, y que, respaldado por un ejército inmenso, pretende conquistar el mundo.
A propósito de lo cual, Goodkind es un poco
exagerado en las magnitudes: habla de un precipicio de miles de metros
(¿de pies, en el original, y que lo hayan traducido mal), algo desmesurado
porque equivaldría a caer desde lo alto de una montaña como el Teide o el Mont
Blanc hasta su base. Teniendo en cuenta que luego habla de búsqueda en esa
base, no explica cómo llegan al inicio de la caída sin útiles de escalada y en un
plazo razonable de tiempo.
Igualmente, habla de ejércitos de centenares
de miles de soldados. De hecho, Richard, el héroe de la saga, despacha a cien
mil hombres sólo para buscar a su enamorada, mientras reserva a un número igual
para mantenerlo a su lado.
Por otra parte, hay giros argumentales ya
habituales: muertos que no están tan muertos, aliados que resultan ser
enemigos, rivales que acaban ayudando a aquel contra el que combatían, escenas
subidas de tono y sangre a cascoporro.
Cuando acabé de comprar los volúmenes (entonces) editados en España, mi temor era tener que leerme miles de páginas -y no exagero- de algo que no me gustara. No colocaría (de momento) esta saga muy arriba en mi lista de preferencias, pero hay que reconocer que entretiene.

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