En política, hay dos maneras de relacionarse con los rivales: o bien vas de frente contra ellos, combatiendo cada cosa que hacen; o bien, por el contrario, les pones en un brete, en una situación en la que, hagan lo que hagan, tengan muy difícil no perder.
La izquierda española -léase el partido de la
mano y el capullo, los únicos con un mínimo de inteligencia (o de instinto
político de chacal) a ese lado del espectro- es maestra en la segunda de las
opciones. Siempre hábiles a la hora de vender sus burras cojas -aunque cada vez
menos, y con las jumentas cada vez más renqueantes-, han solido plantear
alternativas a la derecha (léase el Partido Popular, hasta hace poco la única derecha
parlamentaria) en las que, apelando al tradicional maricomplejinismo de los del
charrán, pretendían hacerles aparecer como indecisos, insolidarios y todos los in
que se te puedan ocurrir.
En su relación con Vox, el Partido Popular ha
seguido, hasta ahora y salvo excepciones -por extrema necesidad-, la táctica de
la confrontación. Tras las elecciones regionales en Extremadura, y la cascada
de comicios autonómicos que se avecina, han optado por cambiar de estrategia
buscando frenar su ascenso (como hace cuarenta años, cuando Mitterrand alentó
el crecimiento del Frente Nacional como medio de debilitar a los gaullistas… y
ya sabemos lo que ha pasado, que los extremistas han crecido hasta convertirse
en la primera fuerza política gala en intención de voto mientras que de
socialistas y derechistas sólo quedan los restos del naufragio), y han pasado
de la confrontación a lo que el titular llama abrazo del oso: que Vox
entre en el consejo regional de gobierno extremeño y presida la asamblea legislativa
regional a cambio de un acuerdo de legislatura que incluya los presupuestos
autonómicos.
Para los de Abascal es una alternativa diabólica: si aceptan, se arriesgan a la posibilidad de sufrir desgaste por participar en la gestión de gobierno; si se niegan, a aparecer como un perpetuo perro del hortelano.

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