Cuando no hay mayorías parlamentarias, se imponen los gobiernos de coalición, o con una pluralidad de formaciones apoyando al gobierno.
La segunda modalidad ya era conocida de
antiguo en España: de hecho, en cincuenta años (aproximadamente) de gobiernos
parlamentarios, sólo en cuatro ocasiones -dos para cada uno- ha obtenido una
formación política mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, que es la
que importa.
Pero hasta la llegada del gobierno más débil
de la democracia -las sucesivas versiones del desgobierno socialcomunista que
tenemos la desgracia de padecer-, los ejecutivos habían sido siempre
monocolores.
Que lo hiciera por la fuerza de las
circunstancias o por cálculo político -si están en el gabinete, sufrirán
desgaste- es otro asunto. Pero el hecho es que son fuerzas que están luchando
por un mismo caladero de votos, y por muchas proclamas de unidad, de gestión,
de programa, a la que te descuidan surgen las discrepancias.
Y como son gente con mucho más ego que
talento -de lo primero tienen mucho, de lo segundo casi nada- se les nota,
porque no saben disimular. Como cuando, hace una semana, Petisú se opuso
al plan de Egolanda para llegar a un acuerdo sobre el salario mínimo interprofesional con los empresarios.
No fuera a ser que se apuntaran el tanto.

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