martes, 18 de agosto de 2026

Tarzán, señor de la jungla

En este undécimo volumen de la serie del hombre mono -poco a poco, nos vamos acercando al ecuador de la misma-, Burroughs coloca a su personaje -que casi es un actor de reparto a pesar del título, puesto que se dedica más atención y muchas más páginas a personajes como Blake (sobre todo) o Stimbol que a Lord Greystoke- en otro de los escenarios favoritos de las novelas de aventuras: la Edad Media.

En esta ocasión no hay, como en Un yanqui en la corte del rey Arturo de Mark Twain, un viaje en el tiempo (o quizá un sueño), sino que el americano Blake se encuentra con un valle en el que viven los descendientes de unos cruzados que, por así decirlo, cogieron el desvío equivocado en su camino a Tierra Santa durante la Tercera Cruzada.

Aparece también algo típico en las películas que se hicieron sobre el personaje (me refiero a Tarzán): un safari en el que hay un americano (suelen ser americanos) decente, honrado y de buen corazón, y otro más egoísta y pagado de sí mismo.

Aquí, los villanos principales vuelven a ser los beduinos, que en la saga de Tarzán son, salvo contadas excepciones, malvados sin remisión. También aparece algún caballero poco caballeresco, y un americano egoísta demasiado pagado de sí mismo.

A señalar que la novela termina sin que el aparente conflicto desatado -raptar (y empleo el verbo con las connotaciones penales) a la hija del jefe de la facción contraria no es algo que se pueda perdonar así como así- en el valle escondido.

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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