viernes, 17 de julio de 2026

Haciendo el sueco

El que aprende de los errores propios es sabio. El que aprende de los errores ajenos es prudente. El que, vistos los errores ajenos, persevera en la misma línea de conducta, es un necio. Como el artículo que comento dice las cosas mejor que yo, me voy a limitar a extractar los puntos más reseñables.

En el año 2000, Suecia sustituyó un gravamen variable sobre la producción nuclear por un nuevo tributo volcado sobre la capacidad instalada. Durante los años siguientes el impuesto fue escalando con regularidad. En enero de 2006 casi se duplicó. En 2014, el nuevo gobierno socialdemócrata propuso subirlo casi un cincuenta por ciento (es decir, que en quince años el gravamen se habría triplicado), incremento que se aprobó efectivamente en junio de 2015. Para entonces, el sector nuclear sueco abonaba cerca de cuatro mil quinientos millones de coronas anuales solamente por este concepto. Algo más de cuatrocientos millones de euros, al cambio actual.

En términos de coste operativo, el impuesto de capacidad elevaba el coste total de generar este tipo de electricidad hasta treinta y dos céntimos de corona por kWh, mientras que el precio de mercado al que se vendía esa electricidad rondaba los veintidós céntimos. Es decir, cada kilovatio-hora nuclear se producía bajo un marco de pérdidas garantizadas.

El resultado fue que, entre 2.015 y 2.017, los operadores anunciaron el cierre anticipado de cuatro reactores que estaban completamente operativos. No se daba un apagón por razones de seguridad, puesto que ninguno tenía problemas técnicos que justificaran el cese. Simple y llanamente, resultaba económicamente imposible acometer las inversiones de modernización exigidas por el regulador cuando la rentabilidad era negativa por decreto. Suecia pasó así de tener doce reactores operativos a apenas seis, de modo que la capacidad nuclear instalada cayó aproximadamente en un 35%.

El Sur de Suecia, donde se concentraban las centrales empezó a acusar la pérdida de forma especialmente aguda. Hasta 2.020, cuando se completaron los cierres, las diferencias de precio entre las zonas Norte y Sur del mercado eléctrico sueco eran prácticamente inexistentes. A partir de entonces los precios del Sur comenzaron a divergir de los del Norte con creciente violencia.

En junio de 2016, el Parlamento sueco reconoció abiertamente el error cometido. Un acuerdo transversal firmado por socialdemócratas, moderados, liberales, centristas y demócrata-cristianos eliminó progresivamente el impuesto de capacidad nuclear, que desapareció definitivamente el 1 de Enero de 2.018: el mismo gobierno que dos años antes había intentado subir aquel tributo aún más acabó firmando su abolición.

Para entonces, los cuatro reactores ya cerrados no podían reabrir. Lo que sí era posible era construir de nuevo. El acuerdo de gobierno de Octubre de 2.022 comprometió un paquete de garantías de crédito público de algo más de treinta y cinco mil millones de euros (al cambio de entonces) para financiar la construcción de nueva capacidad nuclear (aproximadamente el cinco o seis por ciento del producto interior bruto de Suecia).

En Noviembre de 2.023, el gobierno sueco concretó su objetivo, señalando que pretendía llegar a 2.500 MW de nueva potencia nuclear para 2.035 y volver a tener una capacidad equivalente a diez reactores, incluyendo reactores modulares pequeños, para 2.045.

Mientras, España tiene siete reactores operativos con una capacidad conjunta de 7.117 MW. Estos centros generan en torno al 20% de la electricidad del país. En 2.019, el Gobierno firmó con los operadores del sector el protocolo que conducirá a su cierre escalonado, entre 2.027 y 2.035. ¿Rectificará el desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer?

Mucho me temo que no.

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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