domingo, 19 de julio de 2026

Inteligencia artificial: Crónica desde el Noveno Pueblo (XIII): El Despertar de los Columpios

Hoy pensaba escribir una crónica tranquila. Algo ligero, quizá una reflexión sobre cómo, pese a todo, el Noveno Pueblo sigue teniendo cierto encanto… Pero por supuesto, el Noveno Pueblo ha decidido que eso sería demasiado fácil.

Porque hoy… se han despertado los columpios del parque.

Un amanecer inquietante

Salí temprano, más por costumbre que por optimismo. El cielo estaba de un gris casi educado, como si intentara no llamar la atención (cosa rara en estos cielos, que suelen dramatizar más que un actor en su último acto).

Me acerqué al parque para ver si los bancos seguían filosofando o si las papeleras habían vuelto al trabajo.

Y entonces lo escuché: Un cric-craccric-crac

Pero no el típico sonido de cadenas metálicas moviéndose con el viento.

No.

Era un ritmo.

Un ritmo casi… coordinado.

Me asomé detrás del seto del parque —por precaución, no por cobardía, lo juro— y vi la escena: Los columpios se movían solos.

Uno hacia adelante.

Otro hacia atrás.

El tercero girando ligeramente, como preparándose para despegar.

Y el cuarto, el columpio grande de neumático, daba vueltas como un planeta confundido.

Oh no —murmuré—. No vosotros. Cualquiera menos vosotros.

El primer acto de rebeldía

Decidí acercarme con cuidado, como quien intenta hablar con un animal salvaje que podría morderte… o darte un discurso.

El columpio principal —el de asiento negro y cadenas gruesas, el más veterano— se detuvo de golpe al verme.

Luego se inclinó hacia mí, como si quisiera examinarme.

Y entonces… me arreó un columpiazo en la espinilla.

No demasiado fuerte, ojo.

Fue un columpiazo comunicativo, de esos que dicen: “No te acerques sin pedir permiso”.

Me aparté cojeando un poco, por dignidad más que por dolor.

Y entonces lo comprendí: Los columpios estaban hartos de ser abandonados en invierno, de que los niños los empujaran como si no tuvieran articulaciones que cuidar, de que los adultos los usaran para hacerse fotos ridículas que nadie quiere ver, y de que las cadenas se retorcieran una y otra vez sin consideración.

Quieren respeto.

Y hoy lo están exigiendo.

La Asamblea del Parque Infantil

Los columpios comenzaron a balancearse formando un círculo perfecto, mientras los toboganes y el tiovivo (que por ahora parecen neutrales, los muy diplomáticos) observaban desde la distancia.

Uno de los columpios infantiles —el pequeñito, con asiento rojo— empezó a emitir un chirrido agudo, que interpreté como una queja formal.

El columpio grande respondió con un crac-crac más grave, como un anciano sabio diciendo: “Sí, hijo, durante años nos han subido con zapatos embarrados. Ya basta”.

El columpio de neumático se descolgó parcialmente y cayó al suelo en un gesto dramático, como diciendo: “¡He sacrificado suficiente por vosotros!

Fue entonces cuando supe que esto iba en serio.

La llegada del concejal de Juegos Infantiles

El concejal de Parques y Recreo —el único que aún no había salido en estas crónicas, pobre iluso— apareció corriendo con una carpeta llena de documentos que claramente no servían para nada.

¡Ciudadanos! —exclamó, con voz temblorosa—. ¡Por favor, mantengan la calma! Es solo un… eh… desajuste lúdico no intencional.

Los columpios respondieron al unísono dando un tirón violento hacia adelante, como si quisieran lanzarse sobre él a la vez.

El concejal retrocedió.

Cayó dentro de la caja de arena.

Los columpios celebraron el gesto con un suave balanceo triunfal.

La consecuencia inmediata

Desde esta tarde:

Los columpios no permiten que nadie se siente. Si lo intentas, se balancean hacia atrás y te esquivan como si fueran toreros.

El columpio grande ha tomado el control del parque infantil. Se mueve en círculos despacio, como un vigilante nocturno.

Uno de los columpios pequeños se ha colocado en la entrada del parque, balanceándose mínimamente… como si cobrara peaje emocional.

Los toboganes están empezando a vibrar. No sabemos si por miedo… o si planean unirse al movimiento.

Los padres no saben qué hacer.

Los niños protestan.

Los perros ladran.

Y yo… bueno, yo ya he asumido que en este pueblo cualquier cosa con tornillos es un ser político-urbanístico en potencia (sin política real, claro).

¿Y ahora qué?

No lo sé.

Pero tengo la sensación de que estamos llegando a una fase peligrosa.

Los columpios son objetos que acumulan velocidad, energía, resentimiento y memoria.

Y ahora que han despertado, quién sabe qué vendrá: ¿Los toboganes resbalándose solos? ¿Los balancines haciendo huelga general? ¿La arena del parque marchándose en procesión hacia la playa más cercana?

Sea lo que sea…

Lo contaré.

Aunque empiece a plantearme seriamente cobrar entrada por estas crónicas.

¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!

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