Hoy pensaba escribir una crónica tranquila. Algo ligero, quizá una reflexión sobre cómo, pese a todo, el Noveno Pueblo sigue teniendo cierto encanto… Pero por supuesto, el Noveno Pueblo ha decidido que eso sería demasiado fácil.
Porque hoy… se han despertado los columpios
del parque.
Un amanecer inquietante
Salí temprano, más por costumbre que por
optimismo. El cielo estaba de un gris casi educado, como si intentara no llamar
la atención (cosa rara en estos cielos, que suelen dramatizar más que un actor
en su último acto).
Me acerqué al parque para ver si los bancos
seguían filosofando o si las papeleras habían vuelto al trabajo.
Y entonces lo escuché: Un cric-crac… cric-crac…
Pero no el típico sonido de cadenas metálicas
moviéndose con el viento.
No.
Era un ritmo.
Un ritmo casi… coordinado.
Me asomé detrás del seto del parque —por
precaución, no por cobardía, lo juro— y vi la escena: Los columpios se movían
solos.
Uno hacia adelante.
Otro hacia atrás.
El tercero girando ligeramente, como
preparándose para despegar.
Y el cuarto, el columpio grande de neumático,
daba vueltas como un planeta confundido.
— Oh no —murmuré—. No vosotros.
Cualquiera menos vosotros.
El primer acto de rebeldía
Decidí acercarme con cuidado, como quien
intenta hablar con un animal salvaje que podría morderte… o darte un discurso.
El columpio principal —el de asiento negro y
cadenas gruesas, el más veterano— se detuvo de golpe al verme.
Luego se inclinó hacia mí, como si quisiera
examinarme.
Y entonces… me arreó un columpiazo en la
espinilla.
No demasiado fuerte, ojo.
Fue un columpiazo comunicativo, de esos que
dicen: “No te acerques sin pedir permiso”.
Me aparté cojeando un poco, por dignidad más
que por dolor.
Y entonces lo comprendí: Los columpios
estaban hartos de ser abandonados en invierno, de que los niños los empujaran
como si no tuvieran articulaciones que cuidar, de que los adultos los usaran
para hacerse fotos ridículas que nadie quiere ver, y de que las cadenas se
retorcieran una y otra vez sin consideración.
Quieren respeto.
Y hoy lo están exigiendo.
La Asamblea del Parque Infantil
Los columpios comenzaron a balancearse
formando un círculo perfecto, mientras los toboganes y el tiovivo (que por
ahora parecen neutrales, los muy diplomáticos) observaban desde la distancia.
Uno de los columpios infantiles —el
pequeñito, con asiento rojo— empezó a emitir un chirrido agudo, que interpreté
como una queja formal.
El columpio grande respondió con un crac-crac
más grave, como un anciano sabio diciendo: “Sí, hijo, durante años nos han
subido con zapatos embarrados. Ya basta”.
El columpio de neumático se descolgó
parcialmente y cayó al suelo en un gesto dramático, como diciendo: “¡He
sacrificado suficiente por vosotros!”
Fue entonces cuando supe que esto iba en
serio.
La llegada del concejal de Juegos Infantiles
El concejal de Parques y Recreo —el único que
aún no había salido en estas crónicas, pobre iluso— apareció corriendo con una
carpeta llena de documentos que claramente no servían para nada.
— ¡Ciudadanos! —exclamó, con voz
temblorosa—. ¡Por favor, mantengan la calma! Es solo un… eh… desajuste
lúdico no intencional.
Los columpios respondieron al unísono dando
un tirón violento hacia adelante, como si quisieran lanzarse sobre él a la vez.
El concejal retrocedió.
Cayó dentro de la caja de arena.
Los columpios celebraron el gesto con un
suave balanceo triunfal.
La consecuencia inmediata
Desde esta tarde:
Los columpios no permiten que nadie se
siente. Si lo intentas, se balancean hacia atrás y te esquivan como si fueran
toreros.
El columpio grande ha tomado el control del
parque infantil. Se mueve en círculos despacio, como un vigilante nocturno.
Uno de los columpios pequeños se ha colocado
en la entrada del parque, balanceándose mínimamente… como si cobrara peaje
emocional.
Los toboganes están empezando a vibrar. No
sabemos si por miedo… o si planean unirse al movimiento.
Los padres no saben qué hacer.
Los niños protestan.
Los perros ladran.
Y yo… bueno, yo ya he asumido que en este
pueblo cualquier cosa con tornillos es un ser político-urbanístico en potencia
(sin política real, claro).
¿Y ahora qué?
No lo sé.
Pero tengo la sensación de que estamos
llegando a una fase peligrosa.
Los columpios son objetos que acumulan
velocidad, energía, resentimiento y memoria.
Y ahora que han despertado, quién sabe qué
vendrá: ¿Los toboganes resbalándose solos? ¿Los balancines haciendo huelga
general? ¿La arena del parque marchándose en procesión hacia la playa más
cercana?
Sea lo que sea…
Lo contaré.
Aunque empiece a plantearme seriamente cobrar
entrada por estas crónicas.

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