Leí el aforismo que da título a esta entrada hace casi treinta años. Me ha servido en mi vida personal -se puede decir que hay pocas personas a las que odie y, desde luego, ninguna a la que conozca personalmente-, pero también a la hora de analizar el comportamiento ajeno.
Por ejemplo, el comportamiento de la entidad
deportiva que fue la niña bonita del franquismo. Tanto, que el Caudillo
la salvó un par de veces de la quiebra, salvamentos que fueron compensados con
sendas insignias de honor del club… concesión que, décadas después de fallecido
el Generalísimo, los del club fundado por un suizo, en un acto de osada
valentía, decidieron retirar.
Pero a lo que vamos. Si hay alguien a quien
el Farça detesta por encima de todo es al Real Madrid. Vive, de hecho,
en función del club de Concha Espina. En todo se compara a él, y una temporada
la dan por bien empleada con tal de haber vencido al odiado rival.
Convencido estoy que semejante sentimiento deriva de saberse inferiores, con independencia de la situación deportiva de uno y otro en un momento dado.

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