En el sistema electoral español -salvo en las elecciones al Senado- se prima a la grandes formaciones , capaces de concitar un mayor apoyo en las urnas. Es decir, que la correlación entre número de votos y número de escaños no sería aritmética, sino geométrica.
Naturalmente, esta última afirmación está
hecha un poco a vuelatecla, porque además deberíamos tener en cuenta el sistema
D’Hont, que es el que funciona en España para cualquier comicio en el que se
voten listas cerradas y bloqueadas.
En resumen: que cuanto más concentrado esté
el voto de una determinada ideología, mejor para esa ideología. Por esa razón,
en los años ochenta la derecha no se comía un colín, porque era una sopa de
letras frente a una izquierda dominada hegemónicamente por el partido de la
mano y el capullo, con los comunistas de comparsas, cuando no de críticos
feroces.
Cuando la derecha se concentró en el PP, esa repulsa
sociológica hacia la izquierda se tradujo en escaños (además del lógico
desgaste de casi década y media de gobierno socialista). Y cuando la igualmente
lógica erosión del bipartidismo alumbró formaciones a un lado y a otro de los
grandes partidos, e incluso entre ellos, el sueño de la mayoría absoluta devino
casi inalcanzable para cualquiera de los partidos políticos (salvo excepciones).
Lo cual no quita para que los de derechas veamos con delectación como a la izquierda del PSOE no paran de surgir grupúsculos que, dicen en el caso de la Villa y Corte, quieren disputar la alcaldía.
Pues nada, que disputen, que disputen a gusto.

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