Tradicionalmente, los líderes convergentes han sido traicionados por sus delfines. O, más bien, los sucesivos líderes han ido traicionando a sus mentores.
Descontados Tarradellas -probablemente el
único político del último medio siglo que siendo de un partido catalán (y
además de izquierdas), era decente en lo personal y en lo político- y Jorgito
Poyuelo como maestro y aprendiz, tal pareciera que estaban siguiendo la Regla
de dos de los Sith, que establecía que sólo dos Señores Sith podían existir
en un momento dado: un maestro para ser el ejemplo del poder del Lado oscuro de
la Fuerza, y un aprendiz para ansiar ese poder.
Así, Arturito Menos traicionaría a-u
ocuparía el poder en lugar de- Jorgito Poyuelo. Arturito sería a
su vez sustituido por Cocomocho, que sería defenestrado por Chistorra,
mero figurante para el regreso del más descerebrado y demenciado de todos, el
del peinado inefable.
Que ahora actúa en Madrid a través de Bocabuzón,
mientras el charnego de apellido que retrata está planteando una especie de
golpe de mano para convertirse en el califa de toda la izquierda a la izquierda
del partido de la mano y el capullo… territorio cada vez más reducido por la
estrategia fagocitadora del psicópata de la Moncloa.
Lo cual me llevó a pensar, hace cosa de un mes, si a la marioneta madrileña no le vendrían ínfulas de grandeza y quisiera ser, ella también, califa en lugar del califa.

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