El poder -la posibilidad de alcanzarlo o el hecho de esgrimirlo- es la argamasa más fuerte en casi cualquier formación política, pero especialmente en el partido de la mano y el capullo.
En efecto, mientras las cosas van bien, todo
lo que hace el líder es prudente, todo lo que dice el líder es sensato, y el
que se mueve no sale en la foto. Pero cuando las vacas empiezan a enflaquecer,
¡ay, amigo!, entonces salen a relucir las navajas, las viejas ambiciones se
desentierran y las lealtades del ayer desaparecen.
Ya ocurrió cuando el psicópata de la Moncloa
se retiró a meditar (su venganza) ante el goteo -simple anuncio del chorreo que
se produciría- de casos de corrupción en su entorno, que hasta el más primitivo
de sus secuaces se creyó capacitado para sucederle.
Y como es de necios pretender un resultado
distinto haciendo lo mismo, y en el PSOE actual no se puede decir que abunden
precisamente las neuronas funcionales, nos enteramos de que el líder del partido
en Madrid y el secretario de Estado de Telecomunicaciones conspiran para derrocar
al psicópata aprovechando el tsunami de corrupción que asola a la formación.
Olvidan, sin embargo, dos o tres cosas. La primera,
que son hombres de Sánchez: si cae él, caen ellos. La segunda, aunque la
primera no existiera, que el psicópata sigue estando al mando. Y la tercera… la
tercera es la más importante.
Que un tsunami arrambla con todo lo que pilla por delante.

No hay comentarios:
Publicar un comentario