De un tiempo a esta parte, la originalidad en el llamado séptimo arte parece brillar por su ausencia. Todo son secuelas, universos compartidos -eh, no tengo nada contra las primeras ni contra lo segundos-, el ansia de ganar dinero a toda costa. Ahí están los intentos de repetir el éxito de la saga de Harry Potter (que si Percy Jackson, que si los Signos de la luz, que si Eragon) o del universo cinemático Marvel (el universo DC, el monsterverso de la Universal, el universo Godzilla-Kong).
Aunque lo peor son las nuevas versiones,
lo que los angloparlantes llaman remakes. Algunos deberían estar prohibidos
por Ley, o casi, porque es imposible superar una obra maestra, esas películas
en las que el todo es mayor que la suma de sus partes, aun siendo -en
ocasiones- muy buenas esas partes. Pero la pasta manda… o habría que decir la avaricia.
Se hizo Scarlett para
exprimir aún más la gallina de los huevos de oro de Lo que el viento se llevó. Se hizo una nueva versión de Psicosis que consistió en
repetir, plano a plano, la película original. Se ha hecho una nueva versión de Ben-Hur
en lo que lo único mejor que la versión de Charlton Heston es que actúa Morgan Freeman. ¡Se ha rodado hasta una nueva versión de Rebeca, cuando la creada por Hitchcock -el personaje sin nombre, el nombre sin actor que lo
interprete- era sencillamente magistral!).
Así que, por favor… un poco de originalidad.
Vale que hay un número finito de historias y que sólo cambia el modo de contarlas,
pero que hagan en favor de esforzarse un poco nada más.
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