A lo largo de su más que centenaria historia, el partido de la mano y el capullo sólo ha tenido un objetivo, y a él ha dedicado todos sus esfuerzos: alcanzar el poder, aprehenderlo tan firmemente como fuera posible y detentarlo tanto tiempo como pudieran.
En eso, el psicópata de la Moncloa no se
diferencia de sus predecesores. Sin embargo, parece algo más cobarde que ellos.
Todavía no ha proclamado la revolución, ni su voluntad de ir a una contienda
civil (por más que sus actos parezcan desmentirle). Es decir, aparenta seguir
las reglas del juego democrático, por más que las violente, las retuerza y las
pervierta.
Pero parece vislumbrar la posibilidad de
tener que dejar el poder. Y por ello ha ido colocando mamporreros en todos los
órganos del Estado, que le cubran las espaldas mientras procura su regreso.
Entre estos mamporreros, pocos menos
disimulados y más siniestros que el del Tribunal Prostitucional, Cándido
Golpe Pumpido. En efecto: si hay que declarar constitucional una
amnistía a todas luces inconstitucional, se la declara; si hay que convertirse
en un supremo del Supremo y absolver a dos de los mayores ladrones de la
Historia de España, se les absuelve; y si hay que convertirse en una tercera
cámara legislativa y regular el derecho de huelga al margen del Parlamento, se
regula.
Todo sea para intentar conquistar en la calle lo que pierdan en las urnas.

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