Perro ladrador, poco mordedor
En el rico refranero español siempre hemos
tenido una frase perfecta para ciertos personajes que hablan mucho y consiguen
poco: perro ladrador, poco mordedor. Y si hay alguien que encarna esa
sentencia a la perfección en el hemiciclo madrileño es el portavoz de Esquerra
Republicana, ese señor que responde al significativo apellido de Rufián.
Allí está, semana tras semana, subiendo al
estrado con su verborrea incendiaria, soltando soflamas contra España, contra
la Constitución, contra los fascistas que según él somos todos los que no
comulgamos con la independencia de su querida Cataluña. Grita, gesticula, lanza
acusaciones graves como quien reparte caramelos, y la prensa progresista le
aplaude como si fuera un héroe de la resistencia. Pero luego, cuando llega la
hora de la verdad, cuando toca votar los presupuestos del psicópata de la Moncloa,
ahí está él, dócil como un corderito, levantando la mano para sostener al mismo
gobierno que dice combatir.
Porque, al final, todo ese ruido no es más
que postureo. La independencia que prometía a gritos hace unos años está más
lejos que nunca. Puigdemont sigue en Waterloo gastando el dinero de los
contribuyentes catalanes en taxis de lujo, Junts y ERC se pelean como niños por
el chupete del poder autonómico, y el único logro palpable de Rufián es haberse
convertido en el yerno predilecto de ciertos círculos que prefiero no nombrar
para no ensuciar más el teclado.
Mientras tanto, España sigue adelante a pesar
de los esfuerzos de estos separatistas de salón que viven del cuento victimista
y de los pactos con el sanchismo. Ladran mucho, sí, pero no muerden. Y si algún
día intentaran morder de verdad, se encontrarían con que la inmensa mayoría de
los españoles, catalanes incluidos, estamos hartos de sus numeritos.
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