Dicen que la política hace extraños compañeros de cama. Pero todo tiene un límite.
Durante mucho tiempo parecía que la presidente de la Comisión Europea y el psicópata que preside el desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer se llevaban bien, estaban en sintonía, se entendían, a pesar de estar en lados opuestos del espectro político.
Tanto era
así que el psicópata parecía llamado a más altos destinos internacionales cuando
tuviera a bien abandonar -porque, amado como es por todos los españoles, estos
no querrían que dejara la Moncloa- la pesada carga de dirigir la marcha de España.
Pero hete aquí que no puede engañarse a todo el mundo todo el tiempo, y la desmejora física ha hecho asomar -la cara es el espejo del alma- la verdadera catadura del personaje: ególatra, displicente, chulo, cobarde, autócrata, liberticida, miserable y ayuno de escrúpulos morales.
Cómo será la cosa que la von der Leyen ha puesto al yerno de Sabiniano
al mismo nivel que el húngaro Orbán, porque ambos rechazan posturas europeas
tratando de obtener un rédito político nacional y un beneficio electoral.
Si yo fuera Orbán, denunciaba a Úrsula por injurias y calumnias, que se ha pasado un poco.

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