Las dictaduras comunistas -y perdón por la redundancia, ya que no ha habido un solo régimen comunista que haya sido democrático- siempre han encontrado, en las democracias occidentales, palmeros entusiastas.
Esta caterva de quintacolumnistas del
marxismo -unos por maldad, otros por estupidez y otros, estómagos agradecidos, cual
modernos Beltrán Duguesclín redivivos, ni quitan ni ponen rey, pero ayudan a
quien les paga- le han reído y le ríen las gracias a cualquier tiranuelo de la
hoz y el martillo que hay en el mundo.
Y entre estos regímenes se encuentra,
esperemos que por poco tiempo ya, la tiranía castrista. Tiranía a la que el
mundo de la cultura español rinde pleitesía sin que se les mueva un
músculo de la cara por la vergüenza.
Es el caso de José Viyuela (nunca entenderé
esa afición de los progres de toda laya por los hipocorísticos), que en
la peor crisis del régimen comunista lo defiende como un exponente clarísimo de los derechos humanos.
Lo será porque no ha dejado uno sin violar, porque por otra cosa…

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