En este quinto volumen de las aventuras de Tarzán, Burroughs recurre a uno de los tópicos más frecuentes en la literatura de aventuras cuando de sagas hablamos: el héroe pierde la memoria, lo que es aprovechado por los villanos para intentar sacar tajada.
También hay que mencionar que se repiten temas y localizaciones ya empleados: la colonia atlante de Opar, que funciona como una especie de cofre del tesoro del hombre mono, cuando sus finanzas en el mundo civilizado van mal; y los árabes (no todos, pero sí en esta novela) como villanos de folletín, dedicados al tráfico de esclavos y el saqueo. También hay algunas referencias al (entonces llamado) Estado Libre del Congo, lo que permitiría ubicar la hacienda de Tarzán en el territorio de la actual Angola (que, a pesar de lo que diga el personaje, nunca fue territorio británico).
Como inconsistencias, señalar dos: si bien la causa de la amnesia de Tarzán es plausible -lo que la ciencia moderna definiría como un traumatismo craneoencefálico-, e incluso el que sea una amnesia parcial y no total es admisible (no recuerda quién es, pero sí hablar francés), la manera de recuperarla es demasiado simple (basta con que le digan su nombre real), aunque Burroughs lo presenta como la última pieza del puzzle; y aunque personajes como Tarzán o sus aliados sufren heridas terribles que les ponen al borde de la muerte, se recuperan milagrosamente y, lo que es más maravilloso todavía, no hay mención de cicatriz alguna.

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