Hoy he comprendido que el Noveno Pueblo no es solo un escenario: es un experimento social dirigido por objetos resentidos que han decidido tomar la iniciativa.
Y esta vez, los protagonistas de la revuelta son… los parquímetros.
Sí, esos postes tristes que llevan años
cobrando monedas, tragando tarjetas, negándose a aceptar billetes arrugados y
mostrando mensajes ambiguos como “ERROR 47: vuelva a intentarlo” cuando más los
necesitas.
Hoy han dicho basta.
Y lo han dicho con monedas… muchas monedas.
El primer tintineo amenazante
Esta mañana bajé a por el pan (actividad que
en cualquier otro pueblo sería rutinaria, pero aquí es una aventura
filosófico-surrealista).
Mientras caminaba por la Avenida del Higo
Triunfante, escuché algo extraño: Clin… clin… clinclinclin…
No era viento.
No era un músico callejero desafortunado.
Era el sonido metálico de un parquímetro…
agitando sus propias monedas desde dentro.
Me acerqué, creyendo que alguien estaría
intentando forzarlo, pero no: el parquímetro se movió solo, vibrando como una
lavadora con complejo de caja fuerte.
Luego arrojó una moneda hacia mí.
Impactó suavemente en mi zapato.
— ¿Gracias? —dije sin saber muy bien si
agradecer o huir.
El parquímetro respondió encendiendo su
pantalla, donde apareció un mensaje inesperado: NO SOMOS HUCHAS.
Y ahí supe que la cosa iba a complicarse.
El despertar en cadena
En cuestión de minutos, más parquímetros de
la zona comenzaron a activarse.
Sus pantallas parpadeaban con mensajes como:
“NO MÁS MONEDAS SUCIAS”.
“ACTUALIZACIÓN DE TARIFAS: AHORA COBRAMOS
RESPETO”.
“DEJAD DE GOLPEARNOS CUANDO NO LEEMOS
TARJETAS”.
Uno de ellos incluso lanzó un “PITEZOOM” que
no sabía que un parquímetro pudiera emitir.
Y entonces empezó lo inevitable: se
desanclaron.
Sí.
Se soltaron del suelo con un crujido
inquietante y empezaron a caminar—o a desplazarse, mejor dicho—arrastrando sus
bases como si fueran pies cuadrados.
La marcha del metal recaudador
Los parquímetros avanzaron formando una fila
serpenteante por la calle principal.
Parecían una marcha procesional de columnas
ofendidas.
Un niño intentó tocar uno.
El parquímetro le lanzó un ticket en blanco.
El niño lloró.
El parquímetro imprimió otro ticket.
Se lo pegó en la frente.
El niño lloró más.
Sinceramente, creo que fue merecido.
Todos los parquímetros del barrio se
reunieron frente al Ayuntamiento.
Las máquinas de tickets de las zonas azules,
verdes y naranjas formaron tres grupos distintos, cada uno con actitud sindical
distinta:
Los parquímetros azules: serios, silenciosos,
disciplinados.
Los verdes: quejicas, vibraban como móviles
en huelga.
Los naranjas: hiperactivos, pitando sin
motivo como si fueran alarmas existenciales.
En medio, el parquímetro más viejo —un modelo
de los años 90 con pantalla pixelada— lideró la asamblea.
El manifiesto de los parquímetros
El líder parpadeó tres veces y todos los
parquímetros hicieron lo mismo.
Luego imprimió un ticket.
Un ticket largo, que cayó lentamente al
suelo.
Me acerqué con cautela y lo recogí.
Decía: “EXIGIMOS UNA SUBIDA DE AUTOESTIMA.
NO MÁS INSULTOS.
NO MÁS MONEDAS PEGAJOSAS.
NO MÁS TARJETAS QUE SE SACAN Y SE METEN SIN
LEER INSTRUCCIONES.
Y SOBRE TODO: NO MÁS MULTAS INJUSTAS EN
NUESTRO NOMBRE”.
Había una firma al final: PARQUÍMETROS UNIDOS
DEL NOVENO PUEBLO
(“PU-NP”, según su manifiesto… pronunciado
pum-p).
El concejal de Movilidad Tarifaria entra en
escena
Porque, claro, siempre hay un concejal que
cree que puede arreglarlo todo con un discurso mal preparado.
Hoy le tocó al Concejal de Movilidad
Tarifaria, un hombre cuya alma parece hecha de facturas y papeleo.
— ¡Ciudadanos! —gritó—. Esto no es más que
una reconfiguración…
El parquímetro líder lo interrumpió
imprimiendo un ticket que decía: “CÁLLESE”.
El concejal se cayó.
En silencio.
Obedeciendo al ticket.
El caos que siguió
Desde esa tarde:
Los parquímetros han bloqueado todas las
plazas de aparcamiento, colocándose ellos mismos en medio.
No aceptan monedas.
NO aceptan tarjetas.
Solo aceptan aplausos.
Y si el aplauso no les convence… imprimen una
multa simbólica que pega sola en la frente.
Peor aún:
Algunos han empezado a desplazarse a la
carretera, obligando a los coches a dar rodeos absurdos.
Uno se ha subido a una rotonda y exige una
tarifa para permitir el paso.
Otro se ha colocado frente al cementerio y
solo imprime tickets que dicen “NO TE ESCAPES”.
¿Y ahora qué?
No lo sé.
Pero si los parquímetros han tomado consciencia, eso significa que el resto de sistemas de control urbano podrían despertar pronto: los semáforos (ya despertaron, mala señal), las cámaras de tráfico, los tornos del polideportivo, los interfonos, las máquinas expendedoras, o peor todavía… los ascensores.
Que Dios nos pille confesados.
Y yo aquí seguiré, resignado, anotando cada
nueva locura como buen cronista del apocalipsis inanimado.

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