Rebelión en la granja, de George Orwell, es una alegoría apenas disimulada de la revolución rusa, pero sus enseñanzas pueden aplicarse a todos los autoritarismos, sean del signo que sean e incluso si se camuflan como democracias.
Una vez tomado el poder, los animales
promulgan una serie de normas, que se pueden resumir en el conocido todos
los animales son iguales. Conforme avanza la trama, las normas se van
matizando, añadiéndoles apostillas que desnaturalizan su enuniciado inicial. La
novela termina con la de la citada anteriormente: todos los animales son
iguales… pero algunos son más iguales que otros.
Esto, como he dicho, puede aplicarse en
cualquier situación en la que haya una jerarquía. Un síntoma claro de que quien
ostenta el poder ha pasado simplemente a detentarlo es el que se conceda
privilegios porque cree que se los merece.
Es el caso de la presidente de la Comisión Europea,
que ha quitado el aire acondicionado a sus empleados a pesar de la ola de calor
que asola el viejo continente… pero lo mantiene en su despacho.
Lo dicho: igualdad para según quienes.

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