La vigente Constitución española, con no ser del todo mala, es mejorable. Entre otros defectos (probablemente entendible, puesto que se salía de una dictadura) fue el intentar contentar a todos.
Los que persiguieron tan noble propósito
parecieron omitir la realidad de que hay quienes nunca están contentos, nunca
están satisfechos, nunca tienen bastante. Se creen con derecho a todo y no ven
las concesiones como una muestra de tolerancia, sino de debilidad, en el
contrario o en ellos mismos.
La cosa empezó a desbarrar cuando se permitió
el jurar o prometer por imperativo legal. Lo cual no deja de ser una
redundancia, una obviedad y una perogrullada, puesto que las cosas se hacen porque
así lo establece la Ley.
De ahí se pasó a poder hacer las cosas por
casi cualquier cosa que se le ocurriera al que hablaba, desde la salvación del
cangrejo de río hasta el lucero del alba, pasando por todas las pamemas, monsergas
e idioteces que hay en medio, incluyendo las abiertamente inconstitucionales, e
incluso anticonstitucionales.
Porque si la Constitución establece que la
forma del Estado es la monarquía parlamentaria, no puedes prometer fidelidad a la
misma apelando a la consecución de la república; y si el fundamento de la
soberanía es la indisoluble unidad de España, no puedes prometer fidelidad a la
Constitución proclamando que persigues la independencia de una parte de España.
Es como todo: hay cosas que no se deben
pensar y, si se piensan, no se deben decir en voz alta. Porque si lo haces, y
te amarras al puestito, demuestras que tus principios son tan firmes como los
del personaje interpretado por Julius Marx.

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