Dice el refrán castellano que obras son amores, y no buenas razones. Es decir, que si quieres saber cuáles son los motivos o finalidades de una persona, harás bien en atender a lo que hace, y no a lo que dice.
Tomemos el caso de la invasión de Ceuta por
una horda marroquí. El desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de
padecer basa su línea de argumentación en dos puntos: no hubo ningún aviso
previo por parte de los servicios de inteligencia españoles, y Marruecos no ha
tenido nada que ver (es gracioso esto de no sabemos quién ha sido, pero
Marruecos no; es como en el apagón, que no sabían las causas, pero estaban
seguros de que no habían sido las mal llamadas renovables).
Pues bien, un informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras, de la Policía Nacional, reveló que las autoridades alauitas conocían y dieron su consentimiento para que se produjera el desplazamiento masivo hacia la ciudad española, y que agentes de Marruecos coordinaron el asalto.
En un país normal, el ejecutivo no habría tardado
ni cinco minutos en exigir explicaciones a Marruecos. En España, en cambio, el ninistro
Pequeño lo que hizo fue requerir al director general de la Policía para
saber desde cuándo disponía disponía la policía de dicha
información.
Lo de dimitir ya ni se lo plantea, claro.

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