Cuando en política alguien se muestra dispuesto a apoyar a ideologías diversas se puede decir que no tiene principios (o, como diría Groucho Marx, que si los que esgrime no le gustan a su interlocutor, tiene otros) o, más suavemente, que es un mercenario (que se caracterizan precisamente por no tener convicciones firmes y, como dijo Beltrán Duguesclin, ayudar a quien les paga).
En este sentido, Iván Redondo es un
mercenario de la política. Aunque ofreció sus servicios a un gobierno regional
del Partido Popular, se hizo conocido a nivel nacional cuando se convirtió en
el consejero de cabecera del psicópata de la Moncloa, además de saludador con
taconazo e inclinación de cabeza a los golpistas catalanes.
Pero los dioses vuelven locos a quienes
quieren destruir. Loco de ambición, Redondo aspiró a más, y se encontró con que
su patrón no le consideraba tan imprescindible como él se pensaba. Y tras un
tiempo de silencio, vuelve a hacer sus análisis, ahora en un medio de
comunicación de un jorobado también ayuno de decencia moral y dignidad.
Y quizá oteando un fin de ciclo en el partido
de la mano y el capullo, y buscando posicionarse de cara al futuro, ha alabado
la honestidad radical, vulnerabilidad y autenticidad del Pitecantropus
pucelensis.
Ni Francisco Nadie ha llegado a tales niveles de servilismo lisonjero y lacayuno.

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