El feminazismo se caracteriza por varios elementos definitorios: los hombres son, por naturaleza, malos, salvo que sean de izquierdas; las mujeres siempre dicen la verdad, sobre todo si son de izquierdas; y, por lo tanto, no existen las denuncias falsas en caso de violencia contra la mujer, si ésta ha sido presuntamente ejercida por un hombre.
El problema se suscita cuando estos
postulados chocan entre sí. Tomemos el caso de la actriz Elisa Mouliaá (cuyo
nombre, dicho sea de paso, me era conocido desde hace años), que denunció al becario
ubicuo por abuso sexual. Si decía la verdad -cosa indudable, pues es una mujer,
y además actriz, ergo de izquierdas-, el susodicho era culpable… en cuyo caso
un varón de izquierdas habría cometido esa clase de actos que sólo perpetran
los miembros de la derecha más cavernaria y retrógrada.
Si resulta que, como buen izquierdista, no
cometió tales actos, resultaría que se habría producido un imposible
ontológico: una denuncia falsa en esta materia, algo que, según el propio
acusado, no existía.
Así las cosas, no es de extrañar que la actriz retirara la acusación, desolada porque ninguna otra mujer hubiera dado el paso
de denunciar. Nada galante -la caballerosidad es una cosa de derechas, a lo que
parece-, el acusado mantuvo su querella contra la acusadora por calumnias.
Y mientras, el abogado de la acusación se queda compuesto y sin denuncia, con la lógica indignación por la conducta unilateral, impulsiva y no responsable de su clienta.

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