Un marxista es, por esencia, un liberticida. Básicamente porque nadie en su sano juicio se sometería voluntariamente a los postulados desarrollados por el jeta vocacional y el niño de papá que le mantenía.
Por eso, hablar de socialismo democrático es,
si no un oxímoron, algo que se le parece mucho. De ello tenemos pruebas con el
desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer, que aprovecha
cualquier situación de emergencia que se le presenta para recortar un poco más
las libertades: desde clausurar las cortes hasta restringir la libertad de
movimiento, pasando por intervenir los precios.
Como dijo Margaret Thatcher, el socialismo es la equitativa distribución… de la pobreza.

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