Cuando han saltado a la palestra casos de abusos cometidos por curas (católicos, naturalmente; los pastores protestantes y los popes ortodoxos parecen estar, misteriosamente, libres de esta tentación), los medios giliprogres han puesto el grito en el cielo (un cielo laico y aconfesional, naturalmente), poco menos que proclamando que todo el clero católico, desde el papa hasta el último diácono (y digo diácono porque no se me ocurre otro rango bajo), deberían ir derechos al infierno (un averno igualmente laico y aconfesional) por ser todos una panda de depravados.
Ahora bien, si el que perpetra la
acción es de la cuerda del giliprogretariado, se calla, se echa tierra
sobre el asunto y a otra cosa, mariposa. Da lo mismo si el corruptor pertenece
al clero católico, porque si conviene a los intereses de la izmierda o
sus aliados -recordemos los casos de los monjes de Montserrat-, callarán como
putas.
Y de putas va precisamente la
cosa, y perdón por la expresión. En Valencia, el ex marido de Mónica Oltra ha
sido acusado de abusar de una menor bajo su tutela, y la izquierda calla. En Baleares,
varias chicas bajo tutela de la administración regional -social nacionalista-
fueron obligadas a prostituirse, y la izquierda (regional y nacional) se ha
opuesto a crear comisiones que investiguen el asunto. Y cuando se da un nuevo
caso de prostitución de una menor tutelada -cuya madre denuncia que su hija de dieciséis
años parece otra persona: va drogada, con la cara desencajada, y ha empezado
a delinquir-, nadie pide responsabilidades.
Quien siembra vientos, recoge tempestades. Esperemos que la tormenta no se nos lleve a todos.
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