Podríamos decir que en España hay dos tipos de políticos (esta dicotomía se puede establecer atendiendo a cualquier criterio, pero para los efectos de esta entrada me quedo con el que sigue): los que tienen valor personal, y los que carecen de él.
En el segundo grupo
militan la gran mayoría de los políticos de izquierdas, pero también algunos de
los de derechas. Son aquellos que no se meten en terreno hostil ni aunque les
vaya la vida en ello; de hecho, procuran jugar siempre en casa, con público a
favor y los árbitros comprados. Y la cosa no siempre les funciona, porque
siempre habrá alguien que les recuerde aquello de Que te vote Chapote,
les entrará la cagalera y renunciarán a las asambleas ciudadanas para
volver a los mítines clásicos.
En el primer grupo se
encuentran algunos escogidos. Hay quien dice que lo que hacen es provocar, como
los constitucionalistas cuando visitan la Vascongadas profunda o la Cataluña
más separatista; o los de Vox, visitando Vallecas o dando una conferencia en la Universidad de Granada.
Yo lo que pienso es que hacen esas cosas quizá para provocar, o sabiendo que van a hacerlo, pero también en el ejercicio de su derecho constitucional a la libertad de expresión. Y lo que es más importante, jugándose el tipo (o dando la impresión de que se lo juegan), porque enfrente tienen a una panda de energúmenos que no les reconocen el derecho a decir lo que piensan, y que no pararán en barras con tal de cerrarles la boca.
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