Que la izquierda española odia a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado es algo que parece fuera de toda duda. Básicamente, porque la función de la policía es perseguir el delito y atrapar a los delincuentes.
Y claro, en unas formaciones en las que, a
poco que te descuides, hasta el tuercebotas más inútil se dedica a arramplar
con todo lo que pilla por delante, es natural que no le tengan mucha simpatía a
quienes tienen que combatirlos.
En esto, como en casi todo lo demás, el
desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer no supone
ninguna novedad, salvo en el descaro y la intensidad. Porque cuando unos
narcotraficantes provocan la muerte -asesinan- de dos guardias civiles que les
perseguían en una embarcación dolorosamente inferior, ni el psicópata de la
Moncloa ni el ninistro Pequeño acudieron al funeral.
La única que estuvo presente fue la candidata
del partido de la mano y el capullo a la presidencia del consejo regional de
gobierno de Andalucía, la innegable Petisú Montero. Claro, que para lo
que ocurrió después, casi mejor que también se hubiera ausentado.
Porque, en mitad de un debate electoral, con
cámaras apuntándola y grabando todos y cada uno de sus farfullos, calificó el
asesinato de accidente laboral, lo que provocó la lógica reacción de
enojo en la Benemérita.
A pesar del apoyo de los neocom, que
emplearon esa misma miserable expresión, la que fuera portacoz del
consejo de ninistros se vio forzada a rectificar… empeorando la cosa. Primero
dijo que ella no podía haber dicho lo que había dicho, y luego lo elevó a muertesen acto de servicio.
Y mientras, en Moncloa admitían que quizá se habían equivocado no enviando al ministro del Interior al funeral.

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