Durante la pandemia de la COVID-19, las distintas administraciones españolas se desempeñaron de diversas maneras.
Si quien más excusas da es quien más tiene de
qué arrepentirse, es claro que el desgobierno socialcomunista que tenemos la
desgracia de padecer fue quien peor lo hizo. No se podía quitar el IVA a las
mascarillas, los confinamientos selectivos, los comités de expertos que no
existían, el que la violencia machista matara a más gente que el virus, el que
sólo habría uno o dos casos, el no recomendar no asistir a los aquelarres
feminazis… la colección de despropósitos llenaría enciclopedias.
Y ahora, un lustro después, parece que
algunos no han aprendido nada. Cuando en un buque surge una alarma de
hantavirus, el psicópata de la Moncloa se apresuró a declarar que él acogería
el barco… después de que tanto Senegal como el país del moro gurrumino dijeran
que en sus costas nanay. La nave habría atracado en los muelles -con el consiguiente
peligro de que hubiera ratas (me refiero a los roedores, no a los miembros del
consejo de ninistros) que abandonaran el barco y extendieran la plaga
por el archipiélago canario- de no ser por la oposición frontal del presidente
del consejo regional de gobierno.
Pero hay despropósitos que no se han evitado.
Como que los pasajeros de la embarcación, posibles portadores de la enfermedad,
pisaran tierra sin guantes. Como que el psicólogo del convoy se marchara caminando, con su equipo de protección individual en la mano. O como que un
cayuco a la deriva se aproximara a las costas y no se supiera dónde demonios estaba la embarcación de salvamento marítimo.
Definitivamente, no nos ocurren más desgracias porque Dios no quiere.

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