Ya lo dijo Paulino Iglesias en su estreno parlamentario: el partido de la mano y el capullo actuaría al margen del ordenamiento jurídico cuando hacerlo dentro de él no les permitiera alcanzar sus objetivos (que, añado yo, se resumen en uno: alcanzar el poder y detentarlo tanto tiempo como les fuera posible).
Ya lo dijo el hermano del hermano de miemmano
y vicetodo: Montesquieu había muerto y a España no la iba a reconocer ni
la madre que la parió. Sin embargo, Dios concede el don de la profecía a aquellos
a quien Él considera oportuno. Al parecer, el político sevillano no se
encuentra entre estos merecedores.
Porque, como en los tebeos de Astérix, hay
todavía un puñado de irreductibles que resisten, inasequibles al desaliento, a
aquellos que han ido invadiendo todos los resortes de poder y maniobran para
sumir a España en una era de oscuridad.
Y así, ante la maniobra trapacera de
nacionalizar por el artículo 33 a sopotocientos miles de invasores, el Tribunal Supremo decidió fijar una vista para estudiar si suspendía la regularización masiva.
Con independencia del resultado de esa vista, al menos algo habrán asustado al desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer.

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