Tenía la esperanza —ingenua, lo admito— de que tras la huelga de las papeleras, el Noveno Pueblo entraría en una fase de calma. Una especie de tregua urbanística, un silencio pactado entre objetos y humanos. Pero este pueblo no conoce la paz. Ni la busca. Ni la tolera.
Porque ahora… se han alzado las fuentes.
Todo comenzó el domingo por la mañana, cuando
decidí dar un paseo con la absurda intención de “relajarme”. (Nota mental: en
el Noveno Pueblo, intentar relajarse es como intentar mantener seca una tostada
que ha caído boca abajo: imposible). Caminé hasta la Fuente del Roble Viejo,
esa que siempre gorgotea con un sonido extraño que recuerda a un estómago
hambriento mezclado con ópera barata. Pero al llegar, el sonido era
completamente distinto.
La fuente no estaba fluyendo.
No escupía agua. No murmuraba. No vibraba. No
goteaba.
Estaba… silenciosa.
Y eso, creedme, era más inquietante que
cualquier rebelión hasta ahora.
Me acerqué con cautela. Toqué el mármol.
Estaba caliente, como si hubiera estado conteniendo algo. Y, de pronto, una
vibración profunda recorrió la base. Era un temblor grave, solemne, como la
respiración de un gigante dormido que empieza a despertar.
Entonces ocurrió: la fuente estornudó.
No encuentro otra palabra. Una explosión
repentina de agua salió disparada hacia el cielo, formando un arco perfecto que
habría envidiado cualquier coreógrafo acuático. El chorro cayó a mi alrededor
como una lluvia invertida, mojando a tres palomas, un gato callejero y
—lamentablemente— mi única chaqueta decente.
Intenté retroceder, pero otra fuente cercana
—la Fuente de los Peces Melancólicos— arrancó sus chorros al mismo tiempo,
creando una sinfonía acuática digna de un motín. Los peces de piedra empezaron
a girar, no sobre su eje, no: giraban como si quisieran soltarse. El más
pequeño incluso lanzó un chorrito hacia mis zapatos, como quien muestra
desprecio pasivo-agresivo.
El sonido atrajo a varios vecinos. El señor
Urdaneta, que siempre lleva un paraguas gigante “por si acaso” aunque estemos
en plena ola de calor, gritó: — ¡Se están comunicando! ¡Míralas! ¡Míralas!
Y tenía razón. Las fuentes estaban
comunicándose. Los diferentes ritmos, alturas y direcciones de los chorros
formaban un lenguaje hidráulico complejo, imposible de descifrar sin un
doctorado en fontanería metafísica.
Pero un patrón sí pude reconocer: todas las
fuentes evitaban cuidadosamente caer dentro de sus pilas. Como si hubieran
decidido boicotear su propósito principal: contener agua.
Lo confirmamos cuando la Fuente del Roble
Viejo proyectó un chorro directo contra uno de los bancos rebeldes (que, dicho
sea de paso, observaba la escena desde una esquina con actitud de “os lo
dije”). El banco, sorprendido, se inclinó para esquivar el impacto, y las
papeleras —que seguían en huelga— comenzaron a golpear sus tapas indignadas.
Aquello parecía una asamblea de mobiliario urbano discutiendo en simultáneo.
El concejal de Fuentes y Riegos (sí, también
existe) declaró que “las fuentes experimentan una presión inusual debido a la
alineación astral del subsuelo acuífero”.
Traducción: no tiene ni idea.
Por la tarde, el caos escaló. Una por una,
las fuentes del pueblo comenzaron a sincronizar chorros, formando una especie
de mapa acuático en el aire. Chorros diagonales, verticales, espirales… un
ballet perfecto. Y, al final del espectáculo, la Fuente Central lanzó un último
chorro altísimo que dibujó una palabra clara en el cielo: BASTA.
No sé cómo lo hicieron. No quiero saberlo.
Solo sé que las fuentes se han apagado desde
entonces.
Secas. Silenciosas. Inmutables.
Como si estuvieran esperando nuestra
reacción.
¿Exigen descanso?
¿Un cambio de tuberías?
¿Un reconocimiento público?
¿La libertad de elegir a quién mojan y
cuándo?
No tengo respuestas. Lo único que sé es que
este pueblo está a punto de convertirse en una novela épica… escrita por una
tormenta.
Y aquí estaré, por supuesto, tomando notas.

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