domingo, 31 de mayo de 2026

Inteligencia artificial: Crónica desde el Noveno Pueblo (VI): El Despertar de los Pasos de Peatones

Pensaba —muy tontamente, lo admito— que después de la rebelión de las fuentes, el Noveno Pueblo habría tocado fondo en su espiral de insurrectos urbanísticos. Pero subestimé, como siempre, la capacidad del mobiliario público para sorprendernos.

Porque esta vez no han sido semáforos, ni farolas, ni bancos, ni papeleras, ni fuentes.

Esta vez han despertado… los pasos de peatones.

Todo empezó el lunes, temprano, cuando cruzaba la Calle del Higo Depresivo camino al estanco. Siempre he pensado que ese paso de peatones era un poco excéntrico —sus líneas estaban torcidas, como pintadas por alguien con el pulso dictado por una centrifugadora— pero lo de hoy fue demasiado.

Pisé la primera franja blanca y esta se movió.

No fue un temblor, ni una ilusión óptica, ni el resultado de que yo sea incapaz de dormir más de cinco horas seguidas. No. La raya blanca se deslizó hacia adelante, como un gusano gigante tratando de escapar de mi zapato. Di un salto que, según testigos presenciales (dos palomas y un repartidor aburrido), fue “digno de un atleta en pánico”.

Y entonces ocurrió: todas las líneas del paso de peatones comenzaron a avanzar juntas, como si fueran una manada de cebras en fuga, rodeando mis pies con una coreografía precisa que me dejó inmóvil, intentando no caerme (o gritar como un niño asustado… lo cual, debo admitir, estuve a punto de hacer).

¡Se están mudando! —gritó el repartidor.

Y tenía razón. Las líneas se estaban desplazando calle arriba, dejando un rastro de asfalto desnudo detrás de sí, como si hubieran decidido que su ubicación original ya no era lo suficientemente digna.

Curioso por naturaleza (y ya un poco inmunizado a lo absurdo), decidí seguirlas.

Las líneas zigzaguearon por la avenida, hicieron una pausa frente al quiosco del señor Balaguer —que las miró como si fueran ladrones de madrugada— y finalmente se reunieron en la Plaza Mayor, donde ya esperaban otras franjas blancas de pasos cercanos.

Y allí, en mitad del empedrado, se colocaron formando… una especie de asamblea geométrica.

No sé cómo describirlo mejor: parecía un tablero de ajedrez enfadado.

Las líneas vibraban suavemente, como si estuvieran comunicándose entre sí. Algunas se inclinaban, otras se encogían ligeramente (sí, eso puede pasar, aparentemente), y una particularmente larga se estiró con una arrogancia tal que parecía decir: “Yo siempre he sido la favorita del tráfico.”

El concejal de Movilidad Urbana —que ya se ha ganado un lugar estable en estas crónicas, para su desgracia— apareció cinco minutos después, jadeando, con un chaleco reflectante puesto del revés.

Declaró solemnemente: — Es un fenómeno transitorio de desalineación vial espontánea.

Esa frase fue recibida por la multitud (tres vecinos y un gato gordo) con el silencio respetuoso que uno reserva a las tonterías monumentales.

Mientras hablaba, varias de las franjas del paso comenzaron a acercarse entre sí, hasta formar un único, enorme, descomunal paso de peatones en forma de flecha señalando hacia el Ayuntamiento.

Y luego… avanzaron.

No rápido, no en estampida.

Con calma. Con determinación.

Como si quisieran decir: “Tenemos asuntos pendientes con alguien.”

El concejal empezó a sudar.

Cuando llegaron a la entrada del edificio, se detuvieron y se reorganizaron formando un mensaje perfectamente legible desde los balcones superiores: RESPETO VIARIO YA

Lo sé, lo sé. Parece imposible que unas líneas pintadas puedan escribir algo tan articulado, pero después de ver bancos en asamblea y papeleras sindicalizadas, he decidido no cuestionar nada.

El mensaje permaneció allí toda la tarde, hasta que las franjas, agotadas por lo que supongo fue un esfuerzo titánico para pintura con voluntad propia, regresaron lentamente a sus calles… aunque no exactamente a su sitio. Algunas quedaron diagonalmente, otras más adelante, y una particularmente rebelde se instaló frente a mi portal como si quisiera adoptarme.

Ahora mismo la tengo ahí, mirándome (sí, estoy empezando a atribuir expresiones faciales a líneas blancas, pero ya sabéis cómo es esto). No sé si quiere protegerme, reclutarme o simplemente descansar.

Solo sé que algo grande se está gestando en el Noveno Pueblo.

Y empezará, como siempre, donde menos lo esperemos.

¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!

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