Pensaba —muy tontamente, lo admito— que después de la rebelión de las fuentes, el Noveno Pueblo habría tocado fondo en su espiral de insurrectos urbanísticos. Pero subestimé, como siempre, la capacidad del mobiliario público para sorprendernos.
Porque esta vez no han sido semáforos, ni
farolas, ni bancos, ni papeleras, ni fuentes.
Esta vez han despertado… los pasos de
peatones.
Todo empezó el lunes, temprano, cuando
cruzaba la Calle del Higo Depresivo camino al estanco. Siempre he pensado que
ese paso de peatones era un poco excéntrico —sus líneas estaban torcidas, como
pintadas por alguien con el pulso dictado por una centrifugadora— pero lo de
hoy fue demasiado.
Pisé la primera franja blanca y esta se
movió.
No fue un temblor, ni una ilusión óptica, ni
el resultado de que yo sea incapaz de dormir más de cinco horas seguidas. No.
La raya blanca se deslizó hacia adelante, como un gusano gigante tratando de
escapar de mi zapato. Di un salto que, según testigos presenciales (dos palomas
y un repartidor aburrido), fue “digno de un atleta en pánico”.
Y entonces ocurrió: todas las líneas del paso
de peatones comenzaron a avanzar juntas, como si fueran una manada de cebras en
fuga, rodeando mis pies con una coreografía precisa que me dejó inmóvil,
intentando no caerme (o gritar como un niño asustado… lo cual, debo admitir,
estuve a punto de hacer).
— ¡Se están mudando! —gritó el repartidor.
Y tenía razón. Las líneas se estaban
desplazando calle arriba, dejando un rastro de asfalto desnudo detrás de sí,
como si hubieran decidido que su ubicación original ya no era lo
suficientemente digna.
Curioso por naturaleza (y ya un poco
inmunizado a lo absurdo), decidí seguirlas.
Las líneas zigzaguearon por la avenida,
hicieron una pausa frente al quiosco del señor Balaguer —que las miró como si
fueran ladrones de madrugada— y finalmente se reunieron en la Plaza Mayor,
donde ya esperaban otras franjas blancas de pasos cercanos.
Y allí, en mitad del empedrado, se colocaron
formando… una especie de asamblea geométrica.
No sé cómo describirlo mejor: parecía un
tablero de ajedrez enfadado.
Las líneas vibraban suavemente, como si
estuvieran comunicándose entre sí. Algunas se inclinaban, otras se encogían
ligeramente (sí, eso puede pasar, aparentemente), y una particularmente larga
se estiró con una arrogancia tal que parecía decir: “Yo siempre he sido la
favorita del tráfico.”
El concejal de Movilidad Urbana —que ya se ha
ganado un lugar estable en estas crónicas, para su desgracia— apareció cinco
minutos después, jadeando, con un chaleco reflectante puesto del revés.
Declaró solemnemente: — Es un fenómeno
transitorio de desalineación vial espontánea.
Esa frase fue recibida por la multitud (tres
vecinos y un gato gordo) con el silencio respetuoso que uno reserva a las
tonterías monumentales.
Mientras hablaba, varias de las franjas del
paso comenzaron a acercarse entre sí, hasta formar un único, enorme, descomunal
paso de peatones en forma de flecha señalando hacia el Ayuntamiento.
Y luego… avanzaron.
No rápido, no en estampida.
Con calma. Con determinación.
Como si quisieran decir: “Tenemos asuntos
pendientes con alguien.”
El concejal empezó a sudar.
Cuando llegaron a la entrada del edificio, se
detuvieron y se reorganizaron formando un mensaje perfectamente legible desde
los balcones superiores: RESPETO VIARIO YA
Lo sé, lo sé. Parece imposible que unas
líneas pintadas puedan escribir algo tan articulado, pero después de ver bancos
en asamblea y papeleras sindicalizadas, he decidido no cuestionar nada.
El mensaje permaneció allí toda la tarde,
hasta que las franjas, agotadas por lo que supongo fue un esfuerzo titánico
para pintura con voluntad propia, regresaron lentamente a sus calles… aunque no
exactamente a su sitio. Algunas quedaron diagonalmente, otras más adelante, y
una particularmente rebelde se instaló frente a mi portal como si quisiera
adoptarme.
Ahora mismo la tengo ahí, mirándome (sí,
estoy empezando a atribuir expresiones faciales a líneas blancas, pero ya
sabéis cómo es esto). No sé si quiere protegerme, reclutarme o simplemente
descansar.
Solo sé que algo grande se está gestando en
el Noveno Pueblo.
Y empezará, como siempre, donde menos lo
esperemos.

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