Burroughs no situó las aventuras de su hombre mono en un limbo atemporal, sino que se desarrollan a lo largo del tiempo (es decir, que no ocurre como con los superhéroes de los tebeos, que no envejecen jamás) en un mundo que, si no es el nuestro, se le parece mucho.
Si en volúmenes anteriores aparecían los
prusianos como villanos de la historia (al fin y al cabo, transcurría durante la Primera Guerra Mundial), en este volumen son los soviéticos
quienes adoptan el papel de malos. El autor recurre a todos los tópicos
de los folletines de la época: son sujetos que buscan enfrentar a unas naciones
con otras para sacar provecho y expandir el poder de Moscú.
Pero Burroughs muestra al líder del grupo
como al villano prototípico: empleando los ideales como pantalla para encubrir
sus propias ambiciones, tan megalomaníacas como pudieran serlo las de otro
cualquiera. Y al igual que al final de la novela queda demostrado que no existe
-al menos en el universo tarzanesco- un rojo que sea bueno, tampoco
existe un bueno que sea rojo (y hasta aquí puedo leer).
Por otra parte, se percibe una cierta evolución
en el personaje de La (cada vez que una frase comienza con la secuencia La
de Opar tengo que recordarme que la primera palabra es un nombre propio, y
no un artículo), que por fin comprende que Tarzán y ella no pueden ser más que
amigos.
Lo cual me sirve para terminar señalando que sí, que en este volumen vuelve a aparecer la ciudad atlante de Opar, que probablemente viviría feliz y tranquila de no haber sido descubierta por Tarzán al comienzo de la serie.

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