En el campo del fútbol no conozco un solo argentino que haya sido un adalid del juego limpio. De Di Stéfano en adelante, todos han sido, sobre todo, provocadores, ofensivos, una especie de cruce entre Dino Meneghin y Drazen Petrovic del balompié.
Se me dirá que Pocchetino jugó en el español
de mis amores. No voy a defenderle ni a criticarle, pero no por una doble vara
de medir. Créaseme o no, nunca le vi jugar, a diferencia de Redondo o el enano hormonado.
Enano al que en cierta ocasión vi chutar la
pelota en dirección a la grada, y no una patada casual, sino con potencia, y
luego volverse hacia el campo con una sonrisita. Se me dirá que el que jugara
en el Farça contribuye a mi ojeriza. No niego tal posibilidad, pero los
hechos son los que son.
No es que los premios Princesa de Asturias
sean gran cosa. Algunos dicen que son los galardones más importantes después de
los Nobel, pero es que los otorgados por la academia sueca tampoco son como
para tirar cohetes, tanto por algunos galardonados como por quiénes se quedaron
fuera (además de que, por ejemplo, el mérito de Einstein fuera la explicación del
efecto fotoeléctrico…).
A lo que vamos. El próximo galardón en la
categoría deportiva ha sido asignado a Messi. Tras el comportamiento de la
selección argentina al perder la final del mundial, con Messi como capitán, se
han alzado voces que pedían retirarle el premio.
Francamente, la Fundación Princesa de
Asturias se encuentra en un brete (lo que en una novela de Frederick Forsyth,
la primera que leí, denominaban la alternativa del diablo): si lo mantiene,
malo; si lo retira, peor.
Allá se las compongan…

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