jueves, 27 de agosto de 2026

Nadie es perfecto

En el campo del fútbol no conozco un solo argentino que haya sido un adalid del juego limpio. De Di Stéfano en adelante, todos han sido, sobre todo, provocadores, ofensivos, una especie de cruce entre Dino Meneghin y Drazen Petrovic del balompié.

Se me dirá que Pocchetino jugó en el español de mis amores. No voy a defenderle ni a criticarle, pero no por una doble vara de medir. Créaseme o no, nunca le vi jugar, a diferencia de Redondo o el enano hormonado.

Enano al que en cierta ocasión vi chutar la pelota en dirección a la grada, y no una patada casual, sino con potencia, y luego volverse hacia el campo con una sonrisita. Se me dirá que el que jugara en el Farça contribuye a mi ojeriza. No niego tal posibilidad, pero los hechos son los que son.

No es que los premios Princesa de Asturias sean gran cosa. Algunos dicen que son los galardones más importantes después de los Nobel, pero es que los otorgados por la academia sueca tampoco son como para tirar cohetes, tanto por algunos galardonados como por quiénes se quedaron fuera (además de que, por ejemplo, el mérito de Einstein fuera la explicación del efecto fotoeléctrico…).

A lo que vamos. El próximo galardón en la categoría deportiva ha sido asignado a Messi. Tras el comportamiento de la selección argentina al perder la final del mundial, con Messi como capitán, se han alzado voces que pedían retirarle el premio.

Francamente, la Fundación Princesa de Asturias se encuentra en un brete (lo que en una novela de Frederick Forsyth, la primera que leí, denominaban la alternativa del diablo): si lo mantiene, malo; si lo retira, peor.

Allá se las compongan…

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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